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Cómo hacer que mi hijo sea «más bueno»

Hola, amiga. Hoy venimos así de monas porque inauguramos nueva sección en el blog. «Reflexiones de teta» es un cajón que iremos llenando de ideas para meditar mientras amamantas a tu bebé. Son muchas horas las que, a lo largo de los primeros meses, te pasarás pegada a él. Y, aunque en ocasiones te valga con el éxtasis de mirarle nutrirse de tus entrañas, otras veces tu mente querrá viajar más lejos, reflexionar sobre temas importantes para tu futuro, el de tu hijo/a y el de la sociedad. Como tienes tu nicolasita, estarás calentita, hidratada, conectada y cómoda. Así que relájate y déjate llevar, aprovecha todo este tiempo para perderte en la reflexión. Como te gusta. Como te gustaba. Como puedes volver a disfrutar.

Cómo hacer que tu hijo/a sea bueno/a sin querer

En primer lugar, permitidme la licencia: ya sé que lo de «bueno» y «malo» son conceptos un poco bíblicos, limitados y mentirosos, pero creo que nos sirven todavía para entendernos. Y, ahora, al lío, que hoy venimos cargadas.

Los seres humanos nos ponemos una serie de trampas/ayudas mentales para salvaguardar nuestra sensación de seguridad y, por ende, nuestra autoestima. En psicología social se llaman “sesgos favorables al yo”. Esto es lo que explica que tendamos a atribuirnos nuestros éxitos exclusivamente a nuestro empeño y a buscar explicaciones externas a nuestros fracasos. O sea: saqué un 10 porque me lo curré un montón versus suspendí porque justo esa parte del temario era la única que se suponía que no iba a entrar. ¿Familiar? Bien, seguimos.

Entre esos sesgos favorables al yo, existe uno que, en cuanto lo conozcas, no podrás parar de detectar por todas partes. Se llama “sesgo de atribución defensiva”, y es un arma de doble filo. Se trata de un mecanismo mental que te ayuda a sentirte a salvo… a cambio de renunciar a la realidad. Es, básicamente, el sesgo que culpabiliza a la víctima. Es el que te dice “bueno, es que a ella le ha pasado tal cosa porque hizo tal otra, pero, como yo nunca lo haría, a mí no me pasará”. Así lo explican Mercedes López, Elena Gaviria y José Francisco Morales en el libro “Introducción a la Psicología Social” (Sanz y Torres, septiembre 2013):

“Permite al observador reducir la amenaza que supondría creer que las cosas pueden ocurrir sin el control de la persona afectada y que, por tanto, podría sucederle la misma desgracia (Shaver, 1975). En los accidentes laborales graves se ha constatado que hay diferencias en las explicaciones que dan las víctimas, que suelen atribuir lo sucedido a factores situacionales, y las de sus compañeros, que señalan a la víctima como responsable de lo que le ha ocurrido (Salminen, 1992). No obstante, las atribuciones defensivas están moderadas por lo similar que considere el observador a la víctima. Si se trata de una persona muy parecida, esa tendencia a culparla se diluye, de nuevo en un intento por reducir la amenaza que supone percibir que puede correr la misma suerte”.

O sea,

que tiendes a culpar a la víctima, por un lado, para sentirte a salvo: a mí no me pasaría, porque yo no lo haría así. Esto es una falacia, tú jamás tendrás el control total sobre lo que ocurre. De hecho, nuestra capacidad de control es muy limitada: al depredador le da igual que lleves escote o cuello alto, las máquinas fallan y generan accidentes, nadie puede predecir qué camino tomar para no sufrir un atentado. El control al 100% no existe, es en mayor proporción una sensación tranquilizadora que una realidad. Y el control sin azar es, básicamente, una ilusión. Pero como no podrías lidiar con el miedo a los efectos devastadores de una de estas situaciones de peligro, tu cerebro, tan listo como es él, te convence de que a ti no te podrían ocurrir.

Por otro lado, tiendes a culpar a la víctima menos cuanto más parecida a ti la ves, porque, de nuevo, si crees que podéis estar en la misma situación, te sientes más desafiada, menos a salvo. Cuanta más distancia encuentras entre la víctima y tú, más fácil es que tu cerebro le atribuya la culpa y tú sientas una descarga de tranquilina: A MÍ NO ME VA A PASAR PORQUE YO SOY DIFERENTE/ACTUARÍA DISTINTO.

¿Cómo se puede combatir esto?

Sin afán de dármelas de ingeniera social, entiendo que, como madres, podemos hacer algo por que los sesgos inconscientes de nuestres hijes tiendan al bien. ¿Cómo? Ayudándoles a ponerse en la piel de todos/as los/as demás, a no levantar barreras que les dejen en su atalaya, mirando a lo lejos, teóricamente a salvo.

Cuanto más baja sea la capacidad de empatizar de una persona, más tendencia a recurrir a este sesgo tendrá, porque no se identificará con las víctimas y podrá, por tanto, culparlas para sentirse a salvo. Si se identificase con ellas, no las culparía, no sólo porque conscientemente lo vería inadecuado, sino porque, incluso de manera inconsciente, eso le haría sentir en peligro. 

Cuanto más herméticos sean los círculos de tu hijo/a, cuantas más cajitas cerradas de identidad le pongas, más tendencia a excluir los sentimientos de otros tendrá. “Yo nunca haría eso porque no soy de esa familia, no soy gallego, no soy una mujer, no soy pobre, no soy rico, no soy del Atleti”. Mete a un niño en un colegio segregado, aíslalo en tu círculo, no le enseñes el mundo, incúlcale a fuego que lo bueno es sólo lo que sus padres han elegido para él, protégele de la duda y, equilicuá, ahí estás contribuyendo a que se convierta en un ser humano con sentimientos tremendamente limitados, sesgados y, en última instancia, peligrosos.

Si quieres promover el sanísimo orgullo de pertenencia en tus cachorros, aunque sea más difícil, no lo hagas por exclusión del contrario. Si deseas hacer que tu hija sea del Sporting de Gijón, hazlo porque es un equipo de grande solera y brillante historial, por Quini, por Ferrero, por Joaquín, pero no porque los de Oviedo son arrogantes, maltomados y/o gilipollas. ¿Me explico? Hazle del Sporting y llévale a Oviedo a pasear, a hacerse fotos con Mafalda, a sentir el calor, la elegancia, la belleza y la ternura que te transmiten esa ciudad y sus habitantes. Le estarás complicando las cosas a su maldito sesgo de atribución defensiva.

Veamos más ejemplos prácticos:

Cuando se caiga al suelo la amiguina de tu hijo, no digas delante de él “eso no le va a pasar a nuestro Miguelito porque es mucho más fuerte y prudente”. Mejor, acude rápidamente a consolarla, a abrazarla, a preguntarle cómo está y darle un abrazo reconfortante. No pongas barreras entre ella y él, aprovecha para mostrarle cómo actuar con empatía.

Cuando al niño de la vecina le den un susto por la calle un grupo de abusones, piénsalo muy bien antes de abrir la boca con un tremendo “es que no me extraña, si le dejan venir solo hasta casa desde el colegio: yo multaría a los padres en lugar de a esos chavales”. Piensa que así estás haciendo que tu hijx acerque posturas con el acosador (al que descargas de culpa) y se distancie de los sentimientos de la víctima (culpa suya por vía ma/paterna, a nosotros no nos pasaría… No merecen consuelo porque han actuado mal).

En definitiva, cuando a cualquier persona, cualesquiera que sean sus características, le ocurra algo malo, muestra delante de tu hija/o tu preocupación, tu apoyo, tu empatía, tu cariño. Le estarás acercando al resto de los seres humanos; estarás haciendo que en el futuro sea un poquito más bueno/a, incluso sin querer.

Y cuando detectes que tu sesgo de atribución defensiva se apodera de ti, obsérvalo. Es complicado combatirlo, porque nos han educado en él y, además, los sesgos no son esencialmente malos, nos ayudan a sobrevivir, a salvaguardar nuestra autoestima y contener nuestros miedos. Pero somos adultas o, como dice mi idolatrada Amelia Valcárcel, hijas de la Ilustración*, y no debemos conformarnos con un “es natural”. Podemos tratar de mantener nuestros sesgos a raya, procurar ser conscientes de que están ahí, de lo que son que capaces, e intentar que la generación que hemos parido se sienta a salvo de una manera más inclusiva y beneficiosa para ellxs y para toda la sociedad.

Dicho todo lo cual, gracias por llegar hasta aquí, amiga. Te pediría, por favor, que me cuentes de qué manera tratas tú de transmitir valores elevados a tu pequeña criatura.

Besos en esos pechos llenos de leche, reflexiones y amor.

 

 

PD – Recuerda que esta semana tenemos todas las nicolasitas al 30% por el Black Friday con el código BACKTOBLACK. ¿Por qué no regalarle a tu amiga embarazada un poco de tranquilidad y espacio para la reflexión? Sabes que le va a hacer falta… Besines.

 

* He hecho una elipsis, lo que ella dice es que el feminismo es el hijo no deseado de la Ilustración, pero tú ya me entiendes.

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